Solo pienso en llegar a casa. Estoy cansada de escuchar penurias e intoxicada por la comida putrefacta. Las tareas de reconstrucción que me asignaron resultan más pesadas de lo que pude imaginar, no por el trabajo físico, sino por la exigencia de un estado de ánimo positivo para consolar a los sobrevivientes.
Algunas paradas nos dejan a merced del sol, mientras esperamos que los esclavos arreglen la ruta devastada. Si para llegar al río la bajada no fuera tan escarpada, con gusto me daría un baño. Hace calor y el camino está completamente polvoriento; no llovió hace semanas.
Es curioso que esta ruta, otrora tan transitada ahora esté casi desierta, silenciosa.
Avanzamos a buen paso, y cada uno va absorto en sus pensamientos. No elegimos estar juntos, y menos sobrevivir juntos.
Es la segunda vez que voy a Pompeya después de la erupción del volcán, y ya estoy pensando cambiar de destino ¿es que realmente tiene sentido intentar recuperar el esplendor perdido?



